DESAZÓN

 

Pintura: "Noche inquieta" de Fiorenza Gorini


DESAZÓN


Hoy la noche se ha tragado la luna
y, con ella, también las sombras.
Y era entre las sombras
donde yo escribía tu nombre.

Hoy la noche se devoró al lucero
y, con él, también las estrellas.
Y era en las estrellas
donde yo contemplaba tu rostro.

Hoy la noche desbarató las voces
y, con ellas, ahogó todos los silencios.
Y era en silencio
como yo te amaba.

Ramos Mejía, 10/05/2023

CARA A CARA

 



CARA A CARA

    Ahora que estamos así, cara a cara, será mejor 
decirnos de una vez lo que nunca nos dijimos.
    Por ejemplo: Que odio tu sonrisa leve, de dientes desparejos tanto como esa ceja levantada que te delata el malhumor.
    Detesto ver que asfixias las palabras
hasta desorbitar tus ojos, inyectados de odio y de impotencia.
    Aborrezco que tus sueños te desvelen en silencios apartándote del mundo y de mí.
    Me irritan tu irracional tozudez y displicencia
a la hora de encarar una disputa.
    Y por sobre todas las cosas odio que te ufanes por haberme seducido con tu simple lógica y tu discurso formal y prolijo.

    Pero, para poner las cosas de igual a igual
tengo que decirte que me gusta la pasión que le pones a las cosas.
    Que adoro cada una de esas pecas deslucidas que aún te quedan.
    Que valoro que no intentes borrar esas marcas 
que la vida te ha pintado en el pelo y en la cara.
    Que comprendo que dediques buena parte de tu tiempo a soñar, sin decir nada…
    Y más que eso, adoro que recuerdes -cada día- que la vida hay que vivirla sin rencores, ni antonimias.
    Y que me alegra que aún te puedas sorprender y ser feliz. 

    ¡Caramba, qué tarde es! 
    Mejor será que termine de limpiar este espejo…

 08/12/2011

Publicado en 2015
"Letras del face 8" - Editorial Dunken

 


ANTES QUE DESPIERTE






ANTES QUE DESPIERTE

Antes que el sol salga
Y el cielo despierte
Déjame abrazarte,
Que mi piel se enciende

Antes que la luna
De mi almohada huya
Déjame besarte,
Que mi alma es tuya

Antes que la aurora
Raye mi ventana
Deja que te ame,
Que ya alumbra el alba

Antes que las horas
Apaguen la magia
Déjame ser tuya,
Que ya pronto aclara

NUESTRO EDÉN

 



NUESTRO EDÉN


De tu jardín
majestuoso y viril
me quedo con el silencio
de las mañanas
cuando sembramos suspiros
y cosechamos miradas

De mi vergel
candoroso y gentil
te quedas con los colores
que se desatan
cuando tu aliento es el mío
y la piel nos arde en llamas
 
De nuestro edén
fabuloso y sutil
aspiramos el perfume
que nos exhala
cuando estamos uno a uno
y alrededor no hay más nada.

De nuestro amor
virtuoso y febril
saboreamos ese néctar
que nos embriaga
cuando ya nada nos sobra
y nada más hace falta.

Abril 2023


¡AY, CARIÑO!

 




¡AY, CARIÑO!


¡Ay, cariño, cómo eres
Cuando dices que me quieres
Y tus espinas me clavas!
 
¡Ay, cariño, cómo crees
Que de esa forma tú puedes
Volverme de tu amor esclava!
 
No hay espíritu que aguante,
Ni cuerpo que lo resista;
Si el amor es egoísta
Se vuelve gris y agobiante.
 
Con toda una vida adelante
Y mil mañanas por descubrir
¡Ay, cariño, aprende a vivir
Y deja ya de quejarte!
 

SOBRE UN CRIMEN VERDADERO


SOBRE UN CRÍMEN VERDADERO
Basado en ‘Un drama verdadero’
de Guy de Maupassant


'Tres Mujeres'
Umberto Boccioni

PENSAMIENTOS DE PHILIPPE.-

    Dadas todas estas pruebas que, por cierto, son irrefutables; comprendo el dilema en el que se halla hoy mi señor padre, en su honorable condición de magistrado, al tener que decidir entre actuar según la ley: encarcelando al culpable; o preservar mi felicidad: dejándolo en libertad para mi beneficio.
    Ahora bien: develada esta evidencia inapelable, me encuentro yo en la disyuntiva de tener que decirle u ocultarle a mi amada Roseline las dramáticas circunstancias que sumieron a su padre en lo inmoral y por lo que aquí se lo condena. Callar sería en vano. La verdad saltó a la luz y él deberá purgar sus culpas.
    Mal que me pese, debo ser yo quien hable con mi esposa. No puedo permitir que ella se entere de todo esto, por otra boca más, que por la mía.
    ¿Cómo voy a decírselo? aún no lo sé. Mi certeza va en que esto le abatirá el alma y destrozará su corazón.
    Tengo que pensar con claridad. Definitivamente, mañana nos tendremos que marchar de Notreville. En cuanto se divulguen los penosos sucesos del ayer se cernirá el desprestigio sobre nuestra casa. Esto, no sólo afectará el buen nombre de mi padre y el mío propio; sino que también veremos caer el pesado estigma de lo fatal sobre el resto de la familia.
    Lo peor de todo esto… lo que corroe a mi pobre corazón enamorado, es pensar que esa mórbida maldad se halle enquistada, por herencia, a la descendencia que mi bella Roseline me pueda dar.

VOZ DE ROSELINE.-

    ¡Por Dios Santo, Philippe! ¿Cómo pudo, Monsieur Leloi, creer cabalmente que mi padre haya sido capaz de cometer un crimen tan atroz, como éste del que se lo acusa?
    ¡De ningún modo puedo aceptar lo que me dices!
    ¿En verdad crees posible que mi abnegado padre, tan respetado y bondadoso, haya planeado y cometido el crimen, que acabara con la vida de su hermano, al que siempre veneró con devoción? ¿Con qué objeto? No puedo creer que tú también dudes de su nobleza, creyéndolo culpable. Me ofenden tus agravios.
    ¿Quién más, aparte de ti y de tu padre el juez, cree en esta vil infamia?
    No quisiera que mi santa madre se enterara de tan amarga acusación, por vuestras sucias bocas.
    Ya mismo salgo al encuentro de mis hermanas. Entre las tres podremos consolarla de esta pena inconmensurable.
    A mi regreso, no quiero encontrarte en esta casa. Y al marcharte, llévate todo cuanto sea que me traiga tu recuerdo. ¡No quiero volver a saber de ti, jamás!
    Tu nombre será borrado de mi boca y de mi vida, desde hoy y para siempre.

CARTAS DE ANGELINE.-

    A mis hijas: 

    Lamento, hijas mías, que hayan conocido esta amarga verdad, y de este modo.
    Roseline, mi bella Roseline, todo cuanto os ha dicho Philippe de vuestro padre, no es más que la pura verdad. Te pido que no culpes a tu amado esposo, sólo por haber sido él quien te la ha develado. La culpa es puramente mía, por callar.
    Perdónenme, tú y tus hermanas, por haber guardado este secreto abrumador que me ha carcomido las entrañas, hostigándome por años; y que hoy desgarra por entero a mi alma desolada.

    A Didier: 

    Donde sea que esté tu alma, a ti también te ruego por perdón.
    Sé que nunca debí ceder a mis flaquezas. El miedo me forzó…
    ¡Créeme que nunca te olvidé, amado mío!
    Sé que hice mal; que no debí traicionar la pureza del amor que nos juramos, y que debí respetar con entereza y resignación tu sagrada memoria.
    También sé que debí asumirlo y declarar, ante el señor Juez, lo que vi aquella noche. Pero, como dije, tuve miedo. ¡Miedo sí! Miedo a perder mi juventud en la triste soledad de un luto perpetuo. A punto de casarnos, tú y yo, me sentí desamparada. Nadie se atrevería a lisonjearme, sabiéndome tu amada. Por eso me marché de Votrelieu. Para casarme con tu hermano. Sí, tu hermano; porque él me salvó de ser una viuda blanca.

    A Monsieura Leloi: 

    En principio le escribo al amigo Leloi, al que siempre estimé.
    ¡Por favor, perdóneme por el mal que le he causado! Créame que daría todo lo que tengo por hallar quien dé con los pasos de su hijo. ¡Ojalá Philippe aparezca pronto! Mi hija también necesita su perdón.
    También le escribo a Leloi, el juez, a quien siempre he respetado.
    A Su Señoría le ruego clemencia, y cuidados para mi esposo. Sé que será confinado hasta el último de sus días; eso es lo justo. Pero sepa que él también ha sufrido por cargar la culpa de sus propios actos. Eso es lo que lo ha tenido enfermo todos estos años.

    A mi Dios:

    ¡Señor, te pido que escuches las plegarias de esta humilde servidora!
    Te juro que me encuentro enteramente arrepentida. Perdóname por haber sido cómplice de este crimen, por callar. Sé que con mi silencio encubrí al pecador. No soy digna de ti, y créeme que lo siento.
    Hoy mismo remediaré esta falta; aunque recurra a un pecado mortal para lograrlo. Pero lo haré por el bien de mis hijas y el honor de toda la familia.

    Que no se culpe a nadie más. La viga; la soga atada en ella; y la silla que hallen bajo mis pies, son de mi entera responsabilidad.
Angeline D’Jaloux


18/09/2008


IDILIO VARGAS

 



    Hija del monte y la cañada, Idilio nació de cara a las estrellas, mientras los grillos le cantaban al mundo su llegada.
    Fue Idilio por su madre y Vargas por su abuela, quien la educó hasta que entró en sus años mozos. Criada con los pies en el barro y el corazón puesto en la cruz, la mocita aprendió a amar la naturaleza hasta saberse todos los secretos de los yuyos, los cielos y esas cosas que sólo saben los que tienen fe.
    __ ¿Y acá dice eso?_ preguntó la anciana, tratando de descifrar cuál vocablo decía qué cosa.
    __Sí… y acá dice que ‘Su imagen de niña, con trenzas largas como las de los sauces que caen a beber en la ribera; siempre halló su reflejo en los espejos del río. Río que siempre volvía a sus pies para poder susurrarle poemas al oído.
    Idilio era amiga del pedregal, del viento y de la huerta. Y supo alborotar todos los gallineros, a su paso. Más de un cocorito la lisonjeó; pero ella sólo tuvo ojos y corazón para un hombre, al que se entregó en cuerpo y alma.’
    __¿Y todo eso dice acá, m’hija?_ insistió la anciana acomodándose los anteojos, como si con ello supliera la falta de escuela.
    __Sí, abuela; todo eso dice acá.
    __¿Y dice algo del Florencio?_ quiso saber sin demora.
    __Sí… acá donde está esta letra grande, ¿ve abuela? Esta es la efe de Florencio. Acá dice: ‘Flo-ren-cio’.
    __¡Ah!_ exclamó con gratitud, pasando la yema de un dedo sobre el nombre escrito; como acariciando los recuerdos. 
    Recuerdos que sólo Idilio conocía y que nunca, persona alguna, logró empardar.
    Florencio la encendía, con su mirada pícara y buscona.    Sólo él podía hacerle cosquillas al silencio de las siestas y había sabido cómo arrancarle carcajadas al monte. Sólo él supo sembrar en la fertilidad de su campo y ver crecer sus frutos, mientras se llenaban sus pechos de amor. La primera flor se les marchitó de pimpollo y así fue como Idilio se convirtió en nodriza de los niños expósitos del hospicio.    Entonces todas las flores fueron sus flores y todos los niños fueron sus niños… Y así su jardín creció enormemente, colmándose con risas de colores.
    __¿Abuela?… ¿Abuela me oye, que le estoy hablando?
    __¡Ay, sí, m’hijita! ¡Perdón…! Me quedé pensando, no más…_ respondió en voz baja, mientras le brillaba la nostalgia del pasado en la espesa oscuridad de su pupila.
    Recordó cada beso; cada coscorrón… el perfume de las verbenas y el de la leche recién ordeñada. Recordó el canto del zorzal y el azote del viento entre las ramas que le daban sombra a su portal. Recordó los colores de parto y el sabor de las lágrimas; la quimera del alba y el dolor de crecer…
    Todo cuanto vivió Idilio vino a sentarse a los pies de su cama.
    __¿Quiere dormir ahora, abuela?_ preguntó la enfermera.
Idilio la miró con una sonrisa apacible en los ojos y los pies bien calentitos bajo las mantas.
    __¿Vos estás segura que pusiste todo lo que te conté, no?_ quiso asegurarse la anciana.
    __Sí, abuela. Todo como usted me dijo; para dárselo a sus nietos cuando Diosito se la lleve.
    Idilio meditó un instante y dijo __Sí, ya me puedo dormir tranquila.
    Y así, la enfermera le quitó los anteojos y los puso en la mesita; le acomodó las cobijas y se llevó el tazón de caldo del almuerzo, sin tocar.
Idilio Vargas se durmió con el perfume de un beso florencio prendido en su frente y una sonrisa de completa satisfacción palideciendo en su cara.

23/06/2012
Publicado en 2013
"Palabras en fuga" - Editorial Hylas

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